lunes, 25 de agosto de 2008

¡Qué dura es la paré!

Acabo de encontrar un bloque de piedra que se mueve. Creo que en el otro lado del muro está el abate Faria; él por su lado y yo por el mío estamos desencajando la piedra del muro . Lo que pasa es que en la tarea me he dejado las uñas de las manos y las de los pies... si tuviese, al menos, una cucharilla de café... o un palito de polo.

jueves, 14 de agosto de 2008

Úmometito, umometito...ar favó

Quiyo, un parentezi, que'toy en er talego y los hundunare' zan llevao er papé y er lápi por zi me zuizido, ara mi'mo'toy 'cribiendo coner deo lleno mierda en la paré...¡mí qué royo e'te, cohone! Ara, que cuando zarga daquí...deha que me lo' eshen cara!

lunes, 21 de julio de 2008


Capítulo XVI



Custodiado por los esbirros, aguardaba, más afligido que asustado, la vista con el Justicia Mayor de la ciudad. De camino hacia el edificio del Tribunal, había preguntado varias veces a mis captores por el motivo de mi apresamiento, pero ellos se habían limitado a contestarme con un seco "sigue caminando y no preguntes" al tiempo que me azuzaban, amenazantes, con sus armas. La estancia estaba decorada muy austeramente: un poyo de piedra, donde me encontraba sentado, dos sillas y una vieja mesa, sobre la que mis guardianes echaban suertes lanzando unas piedras talladas y con inscripciones que, a esa distancia, no podía reconocer.
No dejaba de darle vueltas a la horrible idea de sentirme traicionado, herido en mi espíritu. Tampoco podía creer que tan bella criatura hubiese podido tramar tan mezquino plan, o que hubiese entrado a formar parte de él. Pero lo que más inquietud me provocaba era intentar averiguar el por qué, qué interés habría por parte de los gobernates de la ciudad en apresarme o qué falta, delito o acto considerado como transgresión de sus leyes había cometido para verme en semejante situación como en la que me veía en ese momento. Posiblemente mis dudas serían despejadas en breve por el Justicia Mayor quien, como todos los hombres que se auto consideran importantes, me estaba haciendo la espera lo más larga posible, sin duda con el fin de ver surgir en mí el nerviosismo de la impaciencia o de la desesperanza.
Concentrado en las enseñanzas recibidas en el templo, recordaba estas palabras:
"Aquí has recibido el conocimiento necesario para salir al mundo. No obstante, recuerda, para completar definitivamente tu instrucción, deberás detenerte en la ciudad sin nombre".
A continuación vinieron los consejos acerca de la casa y las advertencias contra ladrones y mercaderes. Y después, ahora lo recordaba, leí unos manuscritos antiquísmos que versaban sobre asuntos de la vida cotidiana:

"...Porque los labios de la extraña destilan miel y más untuoso que el aceite es su paladar
pero su desenlace es amargo como el ajenjo, agudo como una espada de dos filos.
Sus hermosos pies descienden a la muerte, en el abismo desembocan sus pasos.
No considera la senda de vida, sus veredas se desvían, no las conoce...
... aleja de ella tu camino y no te acerques a la puerta de su casa..."*

Esto decían, entre otras cosas, las palabras escritas por un sabio rey de la antigüedad remota, rey poderoso y amante de la justicia.
Justicia... la puerta de la cámara se abrió. Era el momento de saber qué había ocurrido o de, al menos, enterarme del por qué de mi apresamiento.


* Proverbio de Salomón.

martes, 15 de julio de 2008


Capítulo XIV



Paciencia: este concepto me fue enseñado en el templo a base de presentar ante mí duras pruebas, las cuales hube de superar con entereza y constancia y, sobre todo, exactamente con eso: paciencia. De todas ellas salí airoso, no sin grandes dificultades y padecimietos que pusieron en peligro el éxito de la instrucción que debía asimilar. Al principio quise abandonar y
también, más tarde, varias veces, pero al ver que los resultados obtenidos a largo plazo eran más beneficiosos que otros producto de la inmediatez, una fuerza resistente y compacta iba creciendo en mi espíritu, iba amortiguando el impulso de otra fuerza, potente pero incontrolada, instintivamente animal y por lo tanto, primaria en su origen (muchas veces me planteo si esta fuerza no es más pura que la domesticada por la inteligencia, aunque, indudablemente, esa misma pureza la hace nerviosa y salvaje, expuesta siempre a convertirse en una explosión de brutalidad o de mero desprecio hacia el resto de los que comparten el terriorio común). Es por esto que conseguí superar tales pruebas, porque puse en equilibrio mis fuerzas primaria y evolutiva, consiguiendo contener mis impulsos y que la paciencia dominase al animal agazapado en algún lugar recóndito de nuestro ser.
Debía hacer algo por volver a encontrarme con la bella mujer... ni siquiera sabía su nombre, ni tampoco dejó señas por las que guiar mis pasos hacia ella. En vano trataba de encontrarla, esquivando las miradas de los habitantes de la ciudad, no sé si ladrones, mercaderes o simples viandantes: todos me perseguían durante unos instantes con sus ojos, señalando al extranjero... o quizás habían notado en mi rostro la expresión del amor, delatando la existencia de algo codiciable en mi corazón. Pasé así varios días, terminando de arreglar la casa y saliendo de vez en cuando, en busca de una casualidad que cada vez veía más improbable.
Sin embargo, todo iba a cambiar una mañana en la que llamó a mi puerta un chiquillo cojuelo, con el pelo enredado en mil anillos, su ropa descuidada y oscura la tez, pero de sincera y honesta mirada. Sin decir nada, me dió una nota y aguardó a que le diese alguna recompensa.
- espera un momento, vuelvo en seguida.
El chico se quedó en el dintel de la puerta, apoyado en su larga muleta, cortando el naranja luminoso de la plaza con su silueta al contraluz.
-Ten; es una piedra preciosa del Templo de Cristal.
Miraba la gema alucinado, tomándola con sumo cuidado y hurgando entre sus cuasi harapos, en busca de algún bolsilllo secreto. Una vez que la consiguió poner a buen recaudo, inclinó la cabeza nerviosamente y salió a toda la velocidad que su dificultad le permitía.
Desdoblé el papel y me dispuse a leerlo, ansioso por saber sobre su contenido:


" Si quieres volver a verme, estaré a la puesta de sol debajo del Arco de la Estrella. Tu amada."




Capítulo XV


Después de un buen rato caminando entre callejas y plazuelas intentando llegar hasta el lugar de encuentro, la ciudad se terminó bruscamente en un gran terraplén: desde la altura se divisaba un profundo valle, todo lleno de grandes y grises edificios, con altísimas y humeantes chimeneas, rodeados de un racimo de casas que se iban acercando, como una hilera de hormigas subiendo cuesta arriba, hasta las murallas de la ciudad, formando un arrabal, embarullado y anárquico, de disonante uniformidad.
Un intenso y extraño olor a podedumbre y a agrio, proveniemte de las emanaciones de las chimeneas, inundaba el aire, y multitud de gente subía y bajaba por algo semejante a un camino, casi todos con algún tipo de cargamento que, bien tranportaban ellos mismos, bien lo hacían ayudados por carretas y animales de tiro. Y casi todos se dirigían hacia una puerta de la ciudad en forma de arco...
Sentí una mano en mi hombro y automáticamente giré la cabeza: no, no era ella. Por un instante creí que... pero aquellos dos esbirros no parecían dispuestos a decirme nada bello. Era la primera vez que veía lo que debía ser un arma; un arma que apuntaba directamente a mi pecho.
Entonces pensé que todo había sido un ardid para llevarme hasta allí, que ella era cómplice de alguna trama oculta que no alcanzaba a comprender. Y había utilizado la peor de las armas: enamorar a un hombre de corazón puro.
Una mezcla de tristeza profunda, desesperación y dolor, inundó mi espíritu, en nada prevenido ante tan destructiva sensación.
Paciencia. Era imposible tenerla; ninguna de las pruebas que tuve que superar durante mi iniciación, había sido tan tremenda como esta...


(continuará)

domingo, 13 de julio de 2008

Senda hacia la nada (13)

El encuentro con la bella mujer hizo que aparaciesen nuevas ideas en mi mente. Repararía la casa y buscaría algunos muebles imprescindibles, rescatando y restaurando previamente algunos que habían quedado ora esparcidos, ora arrinconados u olvidados. Una extraña, por lo nueva, sensación de actividad había surgido, impulsándome a poner orden y limpieza en el espacio más inmediato, en la convicción de ser éste un primer paso para conseguir restablecer también el orden de mis pensamientos, vacilantes e inseguros en los últimos días.
Lo primero que haría, sería descolgar la pintura de aquellas personas a las que, aún no sé exactamente por qué, ví como mis padres. Aunque la turbación del primer momento había desaparecido, no me gustaba la idea de que, cada vez que pasase de un piso a otro, estarían allí, vigilando impasibles, siguiendo con sus huecas miradas cada paso y cada movimiento.
Mientras apartaba trastos inútiles, seguía recordando el agradable momento con la bella mujer. Sin embargo, sus últimas palabras acerca de su trabajo me mantenían intrigado. Noté cómo al hablar hizo una casi imperceptible mueca, como si hubiera tenido que morderse la lengua antes de mencionar la palabra "fabrica", la cual habría escapado de sus labios en contra de su voluntad.
Tampoco podía olvidar la frialdad y blancura de su piel y lo presuroso de sus pasos al despedirse, justo unos momentos antes que saliese el sol: daba la impresión que quería evitar el contacto con su luz.
Recordé que fuí advertido sobre la existencia de un tipo de tecnología desconocida fuera de los límites de la ciudad, máquinas de enormes fuerza y poder destructivo, principal motivo de mantener su nombre incógnito. También recordaba las escenas grabadas en los pergaminos de la posada: un pequeño pueblo perdido entre montañas, cuyos habitantes no conocían la luz del sol. Fábricas, máquinas, piel blanca y fría...

domingo, 29 de junio de 2008

Senda hacia la nada (12)

Al ver cómo la oscuridad de la noche penetraba en mi cuerpo, un intenso escalofrío recorrío mi espalda diluyéndose en mi mandíbula, produciéndome un hormigueo en la piel de la cara que hacía que los pelos de mi escasa barba se erizasen como limaduras de metal atraídas por un potente imán. Creí que sólo el viento había sido testigo de la escena; sin embargo, al dirigir la mirada hacia un extremo de la calle, ví que no estaba solo: una bella mujer, sonriendo, me observaba, rectilínea como una diosa mitológica. Quise decir algo, pero ella se anticipó:
- he visto cómo la oscuridad de la noche ha empapado tu ser, pero no temas. Sé cuáles son tus angustias y comprendo tu desconcierto ante este, para los puros como tú, intrincado mundo. Toma mi mano, te acompañaré durante un tramo del camino... si no te importa.
Su largo pelo, negro y brillante, se movía suavemente sobre unos delicados hombros, en un atractivo contraste con su blanca piel, tan blanca, que parecía que nunca había visto el sol. Le tendí mi mano en un acto reflejo, casi sin darme cuenta. Su carne estaba fría, incluso más fría que la mía después de haber sido atravesada por la oscuridad. Por fin pude hablar:
- no sé por qué, tengo la impresión de haberte visto antes en otro lugar, pero no logro acordarme.
- nosotros nos conocemos de un tiempo en que aún no eramos quienes ahora somos.
Se quedó mirándome, sus ojos de un negro intenso y profundo, su sonrisa indescriptiblemente dulce, casi narcótica... la vibración era demasiado fuerte para contenerse.
Nos abrazamos, nos besamos, nos acariciamos. Su olor era fresco y delicado, como el de un jardín al amanecer.
- si te busqué, era porque sabía que existías, aunque jamás confié en poder encontrarte.
- seré tu compañera mientras me aceptes e intentaré cuidarte en la medida de mis posibilidades: no olvides que ya hemos vivido gran parte de nuetras vidas de modo diferente antes de encontrarnos.
- presiento que mi espíritu estará siempre con el tuyo. Quizás lo estuvo siempre, desde un antes intemporal. Me has tendido la mano justo en el preciso momento en que lo necesité.
- ya te dije que nos conocíamos de otra vida, de otro tiempo, de otra dimensión. No podía permitir que la oscuridad invadiese tu alma.
Por un momento vinieron a mi memoria las enseñanzas recibidas en el templo sobre los conceptos de ternura y cariño; quizás, si no me hubiese detenido en la ciudad, nunca los habría experimentado y sólo serían precisamente eso: conceptos. Y también pensé que ahora, casi con toda seguridad, tendríamos que defender nuestros corazones de los asaltos de los ladrones.
Con el horizonte de fondo anunciando la inminente salida del sol, ella volvió a sonreirme y, tras darme lo que presentí sería un último beso, habló:
-tengo que irme, mi puesto en la fábrica me espera y no puedo faltar.
-¿trabajas en una fábrica?
-sí, pero no debo decirte nada más acerca de ello, ni tampoco debes preguntarme nunca. Tengo que dejarte.
Sentí cómo sus pasos se alejaban, al tiempo que las primeras luces del alba dibujaban la silueta de la ciudad, aún desperezándose.

miércoles, 25 de junio de 2008

Senda hacia la nada (11)

Todo se había vuelto confuso e indescifrable. Los recuerdos y las imágenes se agolpaban en mi mente atropellándose unos a otros: las dos mujeres de la escalinata dorada, la anciana, el posadero, el borracho, la escena del pozo, la niña-¿o era acaso un espectro?- mis padres... ¿habían ocurrido realmente?. La duda me angustiaba y me preguntaba si la iniciación recibida en el Templo de Cristal había servido para algo, si en esta dimensión del mundo en la que me encontraba serían útiles las enseñanzas que recibí; tenía la ineludible sensación de haber sido preparado para otra vida muy distinta a esta a la que ahora debía enfrentarme y todos mis esquemas estaban empezando a derrumbarse. Quizás no debí haber entrado nunca en la ciudad innombrable y haber seguido la senda despreocupado; al fin y al cabo el camino tenía que terminar en algún lugar, tenía que llevar a alguna parte donde estaría la llegada definitiva, la última parada. Y si quisiera irme ahora, tendría que dar noticia al gobernador y someterme al juramento por el que mis recuerdos, como una bandada de aves migtratorias, volarían para siempre, olvidando así todo lo referente a la ciudad e impidiendo que al salir diese noticia de su situación o de su nombre secreto. Todo era demasiado inexplicable, demasiado oscuro. Pensé que salir a tomar el aire me ayudaría a centrar mis inextricables pensamientos. Salí por la puerta trasera, no quería cruzarme con nadie. Fue en ese instante cuando la noche me atravesó la carne como si yo fuese transparente.